Ted Dekker

Verde

La Serie Del Círculo 0: El Principio Y El Fin


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¿DÓNDE EMPIEZA EL CÍRCULO?


A diferencia de la mayoría de series, el Círculo es realmente redondo, lo cual significa que Verde, o Libro Cero, inicia la serie para quienes aún no han leído Negro, Rojo o Blanco. No temas, la historia funciona como una sola pieza en cualquier sentido, como un círculo o un cero. La decisión es tuya. Empieza con Negro, luego lee Rojo y Blanco, y termina con Verde. O empieza con Verde y sigue con Negro, Rojo y Blanco. Zambúllete hasta el fondo.


Prólogo

SEGÚN LOS libros de historias, todo lo sucedido después del año 2010 comenzó realmente en el 4036 d.C. Empezó en el futuro, no en el pasado. Quizás confuso, pero totalmente comprensible en cuanto entiendes que algunas situaciones dependen tanto del futuro como del pasado.

Las crónicas del mundo estaban escritas en los libros de historias, esos excelentes volúmenes que registran únicamente la verdad de todo lo sucedido. La Tierra fue destruida una vez durante el siglo veintiuno, en una catástrofe vaticinada en los libros de los antiguos profetas Daniel y Juan, y luego registrada como crónicas en los libros de historias. Pero aún no había concluido el tiempo para la historia, y Elyon en su gran sabiduría puso en el planeta a un nuevo primogénito llamado Tanis.

En esta oportunidad, Elyon concedió un beneficio a los humanos: Lo que una vez fue espiritual e invisible se volvió físico y visible. Todo lo que era bueno y malo se podía ver y tocar. Sin embargo, con el paso del tiempo los seres humanos cerraron los ojos a lo que era real y dejaron de ver las fuerzas que los circundaban.

Pero allí permaneció un grupito de rebeldes que anhelaban ver a Elyon como lo vieran antes. Estaban dirigidos por un hombre que afirmaba haber visitado en sueños el siglo veintiuno.

Se llamaba Thomas Hunter.

Esta es su historia.


0

El futuro

CHELISE HUNTER, esposa de Thomas, se puso en pie al lado de su hijo, Samuel, y miró por encima del cañón, ahora atiborrado con quienes habían atravesado el desierto para asistir a la Concurrencia anual. El redoble de tambores resonaba en las paredes del desfiladero; miles de personas se arremolinaban en grupos o danzaban en pequeños círculos mientras esperaban las ceremonias finales, las cuales comenzarían cuando el sol se pusiera detrás del horizonte. La noche se llenaría de gritos de lealtad, y todos festejarían con vacas engordadas y con la esperanza de ser liberados de su tremendo enemigo: Las hordas.

Pero era obvio que Samuel, un guerrero con pesada espada y mirada furiosa, había puesto su esperanza en algo totalmente distinto. Permanecía tranquilo, pero Chelise sabía que debajo de la protección de cuero en pecho y hombros el muchacho tenía tensos los músculos, y que ya se le estaban acelerando los ojos de la mente. Corriendo en estampida para hacer la guerra.

La mujer dejó que la brisa le soplara el cabello sobre el rostro e intentó calmarse con firmes respiraciones.

– Esto es absurdo, Samuel; una total insensatez.

– ¿De veras? Dile eso a Sacura.

– Ella estaría de acuerdo conmigo.

Sacura, que hasta pocos días antes tenía tres hijos, ahora solo era madre de dos. Un grupo de exploración de las hordas había atrapado y ahorcado a su hijo Richard, de quince años, cuando este se rezagó detrás de la tribu en camino a la Concurrencia.

– Entonces ella es la insensata, no yo.

– ¿Crees que nuestros procedimientos pacíficos son únicamente una estrategia fortuita para sacar la mejor parte? -cuestionó Chelise-. ¿Crees que devolver muerte con más muerte nos traerá paz? Casi todos en el valle formaron en su día parte de las hordas, incluyéndome a mí, por si debo recordártelo… ¿quieres ahora cazar a sus familias por no haberse convertido a tu manera de pensar?

– ¿Y en vez de eso permitirías que nos aniquilen? ¿Cuántos de nosotros tendremos que morir antes de que te libres de este absurdo amor que tienes por nuestro enemigo?

Chelise ya no podía soportar esta réplica insolente. Recurrió a toda su fortaleza para resistir la tentación de abofetearlo ahí mismo. Pero pensó que usar la violencia en este preciso momento fortalecería el sentir de Samuel.

Y, conociéndolo, él solo se reiría. Ella sabía pelear, igual que todos, como algo tradicional, pero al lado de Samuel ella era la mariposa y él el águila.

Chelise se tranquilizó. En consideración a Jake, su hijo menor, debían seguir los caminos de Elyon. Por el bien de su padre, Qurong, comandante de las hordas, y por el de su madre. Pensando en el mundo, debían aferrarse a lo que sabían, no a lo que sus emociones exigían de ellos. Empuñar ahora las armas representaría una burla imperdonable de todo el círculo.

La mujer miró a Samuel y vio que él tenía enganchada la manga por debajo del protector del brazo izquierdo. Ella se la bajó y se la acomodó.

– Sé que es difícil -explicó, volviendo la mirada hacia los tres guardias a caballo detrás de ellos.

El grupo de Samuel lo conformaban veinticuatro, y todos mostraban la misma antipatía. Hombres honorables que estaban cansados de ver morir a sus seres queridos a manos de las hordas.

– Todos sabemos que él desborda la realidad. El solo hecho de ser hijo de Thomas no quiere decir que debas abrir nuevos caminos.

Chelise quiso consolarlo, pero el muchacho se endureció y ella supo que las palabras habían conseguido lo contrario.

– No se trata de que no tengas deseos de querer estar a la altura de él, pero…

– ¡Esto no tiene nada que ver con Thomas! -la interrumpió Samuel con brusquedad, apartándose-. Quizás nadie podría estar a la altura de un hombre con su pasado. Mi preocupación es el futuro, no esa descabellada historia de estar saltando entre mundos a través de esos sueños que él tiene.

Era extraño que Samuel se refiriera a la época en que Thomas afirmara haber viajado al pasado en sus sueños. El mismo Thomas casi nunca hablaba de ese tiempo.

– Olvídate de sus sueños. Mi esposo es el líder del círculo. Él lleva la carga de mantener doce mil corazones alineados con la verdad, ¿y tú, su hijo, vas a sabotear eso?

– ¿La verdad, madre? -cuestionó Samuel mordiéndose los labios y apretando la mandíbula; luego señaló hacia el sur, en dirección a Bosque Qurongi, una vez controlado por Thomas y los guardianes del bosque, y ahora habitado por Qurong, padre de Chelise y líder de las hordas-. La verdad es que tus preciosas hordas nos odian y nos asesinan siempre que nos localizan.

– ¿Qué sugieres? -gritó ella-. ¿Salir corriendo ahora, en vísperas de nuestra más grandiosa celebración, en busca de unos cuantos encostrados que ya probablemente habrán regresado a su ciudad?

Samuel bajó el brazo y volvió a mirar a sus hombres. Luego miró otra vez hacia el sur.

– Lo tenemos.

– ¿A quién?

– Al encostrado que mató al hijo de Sacura. Lo tenemos prisionero en un cañón.

Chelise no supo qué contestar a esto. ¿Habían atrapado a un encostrado? ¿Quién había oído alguna vez de algo así?

– Vamos a someterlo a un juicio en el desierto -comunicó Samuel.

– ¿Con qué propósito? – ¡Hacer justicia!

– ¡No puedes matarlo, Samuel! ¡Se desharía la Concurrencia! No tengo que decirte lo que eso ocasionaría a tu padre.

– ¿A mi padre? -objetó él, mirándola-. ¿O a ti, madre, la hija de Qurong, comandante supremo de todo lo malvado y vil?

Chelise lo abofeteó. Solo fue una palmada de lleno en la mejilla, pero el chasquido sonó como un latigazo.

Samuel sonrió. Al instante ella se arrepintió de su ira.

– Lo siento, lo siento, no quise hacer eso. ¡Pero estás hablando de mi padre! quisiste hacer eso, madre -declaró él, volviéndose y corriendo hacia el caballo.

– ¿Adónde vas?

– A realizar un juicio.

– Entonces, al menos tráelo aquí, Samuel -pidió ella corriendo tras él, pero el muchacho ya estaba en la silla-. ¡Reflexiona!

– Estoy reflexionando -replicó él, luego hizo girar el caballo y pasó al lado de sus hombres, quienes lo siguieron-. Es tiempo de actuar.

– Samuel…

– Mantén esto entre nosotros, ¿de acuerdo? -advirtió él mirando por encima del hombro-. Detestaría estropear una fabulosa noche de celebración.

– Samuel. ¡No sigas con esto!

Fustigó el caballo y dejó a Chelise con el sonido del golpeteo de cascos. Oh, Elyon… el muchacho iba a ser la ruina de todos ellos.


1

THOMAS HUNTER se hallaba al lado de su esposa, Chelise, frente al poco profundo cañón con tres mil seguidores de Elyon en línea, que se habían ahogado en los estanques rojos para así librar sus cuerpos de la encostrada condición que cubría la piel de todas las hordas.

La representación de la Gran Boda había durado una hora, y estaban en la ceremonia final que llevaría a la Concurrencia a una desenfrenada noche de celebración.

Según la tradición, tanto él como Chelise vestían de blanco, porque Elyon llegaría de blanco. Ella con lirios en el cabello y una larga y ondeante toga hilada en seda; él con una emblanquecida túnica, teñida de rojo alrededor del cuello para recordarles la sangre que se había pagado por esta boda.

Este era el Gran Romance, y lo más probable es que en todo el valle no hubiera un ojo sin lágrimas.

Seis doncellas también de blanco estaban arrodilladas frente a Chelise y Thomas, y cantaban la sinfonía de la Gran Boda. Sus tiernas y nostálgicas voces inundaron el valle a medida que entonaban el estribillo en melódico unísono, con los rostros resplandecientes en ansiosa desesperación.

Eres tan hermoso… tan hermoso… hermoso… hermoso…

Los tambores elevaban la intensidad de la melodía. Milus, uno de los chicos mayores, durante la noche y ante estruendosos aplausos ya había relatado la historia de ellos. Ahora Thomas rememoraba desde su posición estratégica todo lo que los había traído hasta aquí.

Diez años atrás, la mayoría de estas personas había sido parte de las hordas, esclavizadas por la enfermedad de Teeleh. El resto eran moradores del bosque que habían mantenido a raya la enfermedad bañándose en los lagos de Elyon una vez al día como él ordenara.

Luego las hordas, dirigidas por Qurong, habían invadido los bosques y contaminado los lagos. Todos sucumbieron a la condición de encostrados, que engañaba la mente y rajaba la piel.

Pero Elyon creó una nueva manera de derrotar la maligna enfermedad: Cualquier horda debía simplemente ahogarse en uno de los estanques rojos y la condición se limpiaría para nunca regresar. Aquellos que se habían ahogado y hallado nueva vida eran llamados albinos por las hordas, porque la piel, fuera oscura o clara, era tersa.

Los albinos formaban un círculo de verdad y seguían a su líder, Thomas de Hunter.

Por otra parte, las hordas se dividían en dos razas: Hordas de raza pura, que siempre habían tenido las costras, y mestizos, que habían sido habitantes de los bosques, pero que se volvieron hordas después de la invasión de Qurong a las selvas. Los de raza pura despreciaban y perseguían a los mestizos porque antes fueron moradores de los bosques.

Eram, un mestizo, había huido de la persecución de Qurong y había aceptado a todos los mestizos que se le unieron en la profundidad del desierto norte, donde proliferaron como hordas y enemigos de Qurong. Se rumoreaba que eran casi medio millón.

Al bando que seguía a Eram lo denominaban eramitas, remanentes de los fíeles que estaban tan infectados como cualquier otro encostrado. Todos padecían la condición enfermiza y apestosa que cubría la piel y nublaba la mente.

Thomas recorrió con la mirada a su desposada. Ahora la mandíbula de Chelise era tersa y bronceada… sus radiantes ojos color esmeralda una vez habían sido grises. Su largo y rubio cabello lo conformaron una vez greñas enmarañadas empapadas en pasta de morst para combatir la fetidez de la enfermedad de las costras.

Chelise, de quien había nacido uno de los tres hijos de Thomas, era una visión de belleza perfecta. Y de muchas maneras todos ellos eran perfectamente hermosos, como era hermoso Elyon. Hermoso, hermoso, hermoso.

Todos ellos habían negado una vez a Elyon, su hacedor, su amante, el autor del Gran Romance. Ahora formaban el Círculo, apenas doce mil que vivían en tribus nómadas, fugitivos de los cazadores de las hordas que querían eliminarlos.

Tres mil se habían congregado al noroeste de Ciudad Qurongi en un cañón remoto y poco profundo llamado Paradose. Hacían esto cada año para expresar su solidaridad y celebrar su pasión por Elyon.

Denominaban la Concurrencia a esta reunión. Este año se realizarían cuatro, cerca de cuatro bosques en los cuatro puntos cardinales. Simplemente era demasiado peligroso que todos los doce mil atravesaran el desierto desde donde estaban dispersos, a fin de acudir a un solo sitio.

Thomas examinó los tres mil esparcidos entre las rocas y sobre la tierra, formando un enorme semicírculo frente a él. Después de tres días de prolongadas noches y largos días saturados de risas, danzas e innumerables abrazos de afecto, lo miraban ahora en silencio y con los ojos bien abiertos.

Una gran fogata ardía a la izquierda, irradiando sombras variables sobre las atentas miradas. A la derecha brillaba el estanque rojo, negro en la noche, uno de los setenta y siete que habían localizado a lo largo y ancho de la tierra. Los barrancos rodeaban el oculto cañón, entrecortado solo por dos boquetes bastante amplios como para cuatro caballos uno al lado del otro. Había guardianes instalados en lo alto de los barrancos, con la mirada fija en el distante desierto por si hubiera algún indicio de las hordas.

¿Cuántas veces en los últimos diez años habían hallado totalmente masacrados a miembros del círculo? Demasiadas como para contarlas. Pero habían aprendido bien, internándose, rastreando los movimientos de las hordas y volviéndose invisibles en los cañones del desierto. Tan invisibles que ahora los encostrados se referían al círculo como fantasmas.

Pero Thomas sabía ahora que el mayor peligro ya no venía de las hordas. Se estaba fraguando traición en el interior del círculo.

Un caballo relinchaba en los corrales alrededor de la curva detrás de Thomas. El fuego chispeaba y crepitaba en forma de hambrientas llamas que se lanzaban hacia las brillantes olas de calor que se adentraban en el aire frío de la noche. La respiración de varios miles de cuerpos se afirmaba en medio de la mágica melodía de las doncellas.

Aún no había señal de su hijo mayor, Samuel.

Un eco siguió a la última nota, y sobre la Concurrencia cayó el silencio a medida que las doncellas retrocedían lentamente dentro de la multitud. Thomas levantó su cáliz gris, lleno hasta el borde con las sanadoras aguas rojas de Elyon sacadas del estanque.

Al unísono, los seguidores de Elyon levantaron sus copas hacia su comandante, ecuánimes y con la mirada fija. El saludo. Sus ojos miraron a los de Thomas, algunos desafiantes en la determinación de permanecer en la verdad, muchos otros humedecidos con lágrimas de gratitud por el gran sacrificio que al principio volviera rojos los estanques.