Arthur C. Clarke

VOCES DE UN MUNDO DISTANTE

Título Original: The songs of a distant earth

Traducción de Daniel Zadunaisky

©1986 by Serendib BV

©1986 Emecé Editores S.A.

Alsina 2062 — Buenos Aires

ISBN 950-04-0558


Изображение к книге Voces de un mundo distante


A Tamara y Cherene, Valerie y Hector por su amor y lealtad


«En ningún lugar del espacio ni en mil mundos habrá hombres que compartan nuestra soledad. Por más que exista sabiduría; por más que exista poder; por más que desde algún lugar del espacio grandes instrumentos contemplen en vano nuestros despojos flotantes, anhelándonos como nosotros a ellos, la naturaleza de la vida y los principios de la evolución ya nos han dado la respuesta. En otras partes, y más allá, hombres jamás habrá...»

Loren Eiseley, «The Immense Journey» (1957)

«He escrito un libro inicuo, y me siento puro como el Cordero.»

Melville a Hawthorne (1851)






I — THALASSA


1 — La playa de Tarna


Antes que el bote pasara el arrecife, Mirissa advirtió la furia de Brant. La tensión de su cuerpo ante el timón e incluso el hecho de no haberlo dejado en las hábiles manos de Kumar durante el último tramo, mostraban a las claras que algo lo había perturbado.

Abandonó la sombra de las palmeras y bajó lentamente hacia la orilla; sus pies se hundían en la arena húmeda. Kumar ya recogía la vela. Su «hermanito» — cuerpo musculoso y casi tan alto como ella — alzó la mano y sonrió. Cómo deseaba que Brant tuviera el carácter despreocupado de Kumar, que jamás se alteraba por nada.

Antes que el bote llegara a la arena, Brant saltó al agua y chapoteó hacia ella, furioso. Alzó un puñado de chapas retorcidas y cables rotos para que ella lo viera:

— ¡Mira! — exclamó —. ¡Fueron ellos otra vez! — Agitó el puño hacia el norte: — ¡Se acabó, esta vez no se saldrán con la suya! ¡Y me importa un comino lo que diga la alcaldesa!

Mirissa se apartó mientras el pequeño catamarán avanzaba hacia la arena sobre sus tambores fuera de borda, como un primitivo animal marino que se lanza por primera vez a tierra firme. Apenas pasó la línea de marea alta, Kumar apagó el motor y saltó a tierra junto a su furibundo capitán.

— Le he dicho a Brant una y otra vez que debe ser un accidente, tal vez un ancla flotante. No entiendo por qué los norteños habrían de hacer semejante cosa a propósito.

— Te diré por qué — replicó Brant —. Porque son demasiado haraganes para tomarse la molestia de desarrollar la tecnología requerida. Porque temen que atrapemos demasiados peces. Porque...

Al ver la sonrisa burlona del otro le arrojó la maraña de cables retorcidos. Kumar la atrapó hábilmente.

»Y aunque fuera un accidente, no tienen por qué anclar ahí. El lugar está señalado en los mapas: Prohibida la Entrada — Proyecto de Investigación. Voy a presentar una queja.

Brant había recuperado su buen humor; su rabia nunca duraba más de un par de minutos. Mirissa le acarició suavemente la espalda:

— ¿Tuvieron buena pesca? — preguntó en tono apaciguador.

— Claro que no — respondió Kumar —. Sólo le interesan las estadísticas: tantos kilogramos por kilovatios y otras estupideces por el estilo. Suerte que llevé mi caña. Cenaremos atún.

Metió la mano en el bote y sacó un cuerpo de casi un metro de largo, elegante y aerodinámico. Sus colores se desvanecían, sus ojos ciegos habían perdido todo su brillo.

»No es fácil pescar uno de éstos — dijo, orgulloso. Y en ese momento, mientras admiraban la presa, la Historia se abatió sobre Thalassa, y ese mundo sencillo y despreocupado, el único que los jóvenes habían conocido, llegó bruscamente a su fin.

La señal de su muerte estaba escrita en el cielo, como si una mano gigantesca hubiera trazado una raya de tiza sobre la bóveda celeste. Los bordes perdían nitidez, y ya el chorro de vapor parecía un puente de nieve que se extendía de un horizonte al otro.


Un trueno distante bajó de lo alto del cielo. Hacía setecientos años que en Thalassa no se escuchaba un ruido semejante, pero cualquier niño podría reconocerlo.

Mirissa se estremeció, su mano buscó la de Brant. Él entrelazó sus dedos con los de ella pero parecía ausente, su mirada, como perdida, seguía clavada en ese cielo partido por la mitad.

Estaba tan impresionado como los otros:

— Una de las colonias nos descubrió.

Brant meneó la cabeza lentamente, sin convicción:

— ¿Por qué habrían de molestarse? Si tienen los viejos mapas, deben de saber que Thalassa es casi todo océano. No tiene sentido que vengan aquí.

— Tal vez lo hacen por curiosidad científica — sugirió Mirissa —. Querrán saber qué ha sido de nosotros. Yo siempre he dicho que deberíamos restablecer las comunicaciones...

Era una antigua polémica que resurgía cada dos o tres décadas. La mayoría coincidía en que algún día habría que reconstruir la gran antena de la Isla Oriental, destruida cuatro siglos atrás por la erupción del Krakan. Pero — siempre había algo más importante — o interesante — que hacer.

— La construcción de una nave estelar es una obra gigantesca — dijo Brant, pensativo —. No creo que ninguna colonia lo haría, salvo que las circunstancias la obligaran. Igual que en la Tierra...

La frase quedó en suspenso. A pesar de los siglos transcurridos, la evocación de ese nombre despertaba profundas emociones.

Los tres se volvieron hacia el este: la noche ecuatorial avanzaba rápidamente sobre el mar.

Ya habían salido algunas de las estrellas más brillantes, y sobre las palmeras se alzaba la pequeña e inconfundible constelación del Triángulo. Eran tres estrellas de la misma magnitud, pero siglos atrás, un cuarto astro había brillado con mucha mayor intensidad durante algunas semanas, junto al vértice austral de la constelación.

Su superficie, muy encogida, todavía podía verse a través de un telescopio de mediana potencia. Pero ningún instrumento era capaz de mostrar la brasa apagada que giraba a su alrededor, y que alguna vez había sido el planeta Tierra.



2 — La pequeña partícula neutra


Mil años después, un gran historiador pudo calificar al período 1901-2000 como «el siglo durante el cual todo ocurrió». Agregó que la gente de esa época hubiera coincidido con él... pero por otras razones.

Hubieran destacado, con justo orgullo, las hazañas científicas de la época: la conquista del espacio, la liberación de la energía atómica el descubrimiento de los principios fundamentales de la vida, las revoluciones en la electrónica y las comunicaciones, los primeros avances en el terreno de la inteligencia artificial y lo más espectacular de todo, la exploración del sistema solar y el primer descenso en la Luna. Pero el mismo historiador señaló, con la absoluta precisión propia de la mirada retrospectiva, que ni uno de cada mil terrícolas se enteró de un descubrimiento que trascendió a todos los anteriores, casi hasta el punto de volverlos irrisorios.

Al principio parecía un hecho inofensivo y tan alejado de los asuntos humanos como esa placa fotográfica velada del laboratorio de Becquerel que desembocaría cincuenta años más tarde, en la bola de fuego sobre Hiroshima. Más aún, era un subproducto de la misma investigación y sus comienzos fueron igualmente inocuos.

La naturaleza es un contador sumamente estricto, sus libros están siempre balanceados. Por eso los físicos quedaron sumamente perplejos al comprobar que en ciertas reacciones nucleares siempre parecía faltar algo en uno de los términos de la ecuación.

Así como un tenedor de libros se apresura a reponer el dinero que ha sacado de la caja menor para salir bien parado de la auditoria, los físicos se vieron obligados a inventar una partícula nueva. A fin de justificar sus ecuaciones, tuvieron que dotarla de características muy especiales: era una partícula carente de masa y de carga, y tan extraordinariamente penetrante que podía atravesar un muro de plomo de varios miles de millones de kilómetros de espesor sin el menor inconveniente.

Dieron al fantasma el nombre de «neutrino», compuesto de neutrón y bambino. Parecía imposible detectar un ente tan esquivo, pero en 1956, gracias a las maravillas logradas en sus laboratorios, los físicos pudieron atrapar un par de especimenes. Fue asimismo un triunfo para los teóricos, quienes pudieron verificar sus insólitas ecuaciones.

Y aunque el mundo no se enteró, fue el inicio de la cuenta regresiva hacia el día del fin del mundo.



3 — Consejo de aldea


La red de comunicaciones de Tarna nunca era utilizable más que en un noventa y cinco por ciento, pero por otra parte jamás se le exigía en menos de un ochenta y cinco por ciento de su capacidad. Era, como la mayor parte de los equipos de Thalassa, obra de genios que habían muerto siglos atrás, y las fallas catastróficas eran casi imposibles. Por más que fallaran algunos componentes, el sistema seguía funcionando bastante bien hasta que alguien se sentía lo suficientemente exasperado como para efectuar algunas reparaciones.

Los ingenieros lo llamaban «decadencia elegante»; algunos cínicos decían que el término podía aplicarse al modo de vida de los thalassianos.

La computadora central indicaba que la red estaba funcionando en un noventa por ciento de su capacidad, para fastidio de la alcaldesa Waldron. Prácticamente toda la aldea la había llamado en la última media hora. Alrededor de cincuenta adultos y niños se arremolinaban en la sala del concejo, desbordando ampliamente la capacidad del recinto. El quórum para una sesión ordinaria era de doce concejales, y a veces se requerían medidas draconianas para reunir a tan poca gente en un lugar. El resto de los quinientos sesenta habitantes de Tarna preferían seguir los debates — y votar, si el asunto les interesaba lo suficiente — cómodamente instalados en sus hogares.

Había recibido dos llamadas del gobernador provincial, una de la oficina del presidente y una de la agencia noticiosa de la Isla Norte, todas para formular la misma pregunta inútil. La respuesta, lacónica, había sido la misma en todos los casos: sí, por supuesto que los tendremos al tanto... Gracias por su llamada.

A la alcaldesa Waldron le disgustaban las conmociones, y el moderado éxito de su carrera en la política local se debía a su habilidad para evitarías. Lo cual, desde luego, a veces resultaba imposible: su poder de veto no hubiera podido desviar el huracán del año 9, el acontecimiento más destacado en lo que iba del siglo... sin contar lo de ahora.

— ¡Silencio! — exclamó —. Reena, deja de jugar con esas conchas, costó mucho trabajo ordenarlas. Además es hora de ir a la cama. Billy, ¡bájate de la mesa inmediatamente!

El orden se restableció de inmediato: señal de que, por una vez en la vida, a los aldeanos les interesaba escuchar el informe de su alcaldesa. Esta apagó su teléfono portátil, que sonaba con insistencia, y derivó la llamada al centro de comunicaciones.

— La verdad es que sé tanto como ustedes, lo más probable es que no recibamos nuevos informes hasta dentro de algunas horas. Ahora, no cabe duda de que se trata de una nave espacial que reingresó, o mejor ingresó, en nuestra atmósfera en su primera pasada. Tarde o temprano deberá descender sobre una de la Tres Islas, ya que no hay otra tierra firme en Thalassa. Podría tardar varias horas si da una vuelta completa alrededor del planeta.

— ¿Se ha intentado tomar contacto por radio? — preguntó alguien.

— Sí, pero sin éxito hasta el momento.

— ¿No será una imprudencia? — preguntó una voz preocupada.

Se hizo silencio en la sala, interrumpido a los pocos segundos por un gruñido despectivo del concejal Simmons, quien cumplía el papel del tábano sobre el anca del noble caballo:

— Ridículo. Por más que tratáramos de ocultarnos, nos hallarían sin ningún problema. Seguro que ya nos han ubicado.

— Coincido plenamente con el concejal — dijo la alcaldesa, feliz de aprovechar esta inesperada oportunidad —. Cualquier nave colonizadora tendría un mapa de Thalassa, con la ubicación del Primer Descenso aunque tuviera más de mil años.

— ¿Y si fuera una forma de vida extraña? No podemos descartar esa posibilidad.

La alcaldesa suspiró con fastidio; creía que esa tesis se había agotado siglos atrás.

— No existen formas de vida extrañas con la suficiente inteligencia para navegar el espacio — replicó, tajante —. Desde luego que no estamos cien por ciento seguros, pero en la Tierra investigaron esa posibilidad durante miles de años, y contaban con todo tipo de instrumentos.

— Existe otra posibilidad — dijo Mirissa, de pie entre Brant y Kumar en el fondo de la sala. Todos se volvieron para mirarla, Brant con cierto fastidio. Aunque la amaba, a veces deseaba que no estuviera tan bien informada. Su familia dirigía el Archivo desde hacia ya cinco generaciones.

— ¿Sí, querida?

Ahora fue Mirissa quien sintió fastidio aunque lo ocultó. No le gustaba ese tono condescendiente de parte de una persona que no era demasiado inteligente aunque no podía negarle cierta perspicacia, o mejor cabria decir astucia. El hecho de que la alcaldesa Waldron coqueteara con Brant no la molestaba en absoluto; le resultaba divertido e incluso sentía un poco de lástima por la señora mayor.

— Podría ser una nave robot de inseminación como aquella que trajo las pautas genéticas de nuestros antepasados a Thalassa.

— Pero han pasado tantos años...

— Eso no importa. La velocidad de los primeros inseminadores era muy inferior a la de la luz. La Tierra perfeccionó los modelos hasta el momento de su destrucción. Si los últimos modelos fueron diez veces más veloces que los primeros, deben de haberlos alcanzado en un siglo, más o menos. Seguro que hay naves en camino. ¿No te parece, Brant?

Mirissa siempre solicitaba su opinión, en lo posible trataba de hacerle sentir que aportaba las ideas más brillantes. Sabía de sus sentimientos de inferioridad y trataba de no alentarlos.

El hecho de ser la persona más inteligente de Tarna la condenaba a cierta soledad; aunque se comunicaba con otros habitantes de las Tres Islas, no eran muchas las oportunidades que tenía de encontrarse con ellos. A pesar del alto desarrollo alcanzado por las comunicaciones, nada reemplazaba el contacto humano.

— Sí, es una posibilidad — dijo Brant —. Tal vez tengas razón.

Brant Falconer no había estudiado historia, pero como técnico conocía la compleja sucesión de acontecimientos que había desembocado en la colonización de Thalassa.

— ¿Y qué haremos si de verdad es una nave de inseminación que viene a colonizar el planeta por segunda vez? — preguntó —. Podríamos decirles, gracias, pero mejor vuelvan otro día.

Hubo algunas risas nerviosas, seguidas de la voz pensativa del concejal Simmons:

— No será difícil, llegado el caso, saber qué hacer si de verdad es una nave de inseminación. Además, los robots deberían ser lo suficientemente inteligentes como para suspender su programa al comprobar que el planeta ya ha sido colonizado.