Giorgio Faletti

Yo soy Dios

Para Mauro, por lo que resta del viaje

Me siento como un autoestopista sorprendido por una granizada en una autovía de Tejas.

No puedo escapar.

No puedo esconderme.

Y no puedo hacer que pare.

Lyndon B. Johnson

Presidente de Estados Unidos


OCHO MINUTOS

Empiezo a caminar.

Camino despacio porque no necesito correr. Camino despacio porque no quiero correr. Todo está previsto, hasta el tiempo de mis pasos. He calculado que me bastan ocho minutos. En la muñeca llevo un reloj barato y algo pesado en el bolsillo de la chaqueta. Es una chaqueta de tela verde, y en la parte frontal, sobre el bolsillo, sobre el corazón, antaño hubo cosida una tira con una graduación militar y un nombre. Pertenecía a una persona cuyo nombre se ha desteñido, como si su cuidado hubiera sido confiado a la memoria otoñal de un anciano. Sólo queda una ligera huella más clara, un pequeño cardenal sobre la tela, superviviente después de miles de lavados cuando alguien

¿quién?

¿por qué?

Arrancó esa tira y llevó el nombre a una tumba, en primer lugar, y después a la nada.

Ahora es una chaqueta y nada más.

Mi chaqueta.

He decidido ponérmela cada vez que salga para mi breve caminata de ocho minutos. Pasos que se perderán como murmullos entre el fragor de los millones de pasos dados cada día en esta ciudad. Minutos que se confundirán, como si fueran brumas del tiempo, serpentinas sin color, un copo de nieve sobre un campo nevado, el único copo diferente de los otros.

Debo caminar ocho minutos con paso regular para estar seguro de que la señal de radio tenga suficiente potencia para cumplir con su cometido.

En algún lugar he leído que si el sol se apagara de golpe, su luz persistiría sobre la tierra durante ocho minutos antes de precipitarlo todo en la oscuridad y el frío del adiós.

A veces me acuerdo de eso y me dan ganas de reír. Solo, entre la gente y en medio del tráfico, la mirada dirigida al cielo, con la boca abierta en una acera de Nueva York para sorpresa de un satélite espacial, me río. A mi alrededor muchas personas se mueven y miran a ese tipo, de pie en la esquina, que ríe como un demente.

Quizás haya quien piense que está realmente loco.

Y también hay quien se para y por un instante se une a mi carcajada, pero después se da cuenta de que no sabe qué la produce. Río hasta las lágrimas por la increíble e irrisoria vileza del destino. Algunos hombres han vivido para pensar y otros no pudieron hacerlo por estar obligados a la exclusiva tarea de sobrevivir.

Y otros a morir.

Una fatiga sin remisión, un estertor sin aire que aspirar, un signo de interrogación llevado sobre la espalda como el peso de una cruz, porque la ascensión es una enfermedad sin fin. Y nadie ha encontrado el remedio por una sencilla razón: no hay remedio.

Yo sólo hago una propuesta: ocho minutos.

Nadie entre las personas que se inquietan a mi alrededor conoce el momento en que comenzarán estos ocho minutos.

Yo sí.

Muchas veces tengo el sol en mis manos y puedo apagarlo cuando quiero. Alcanzo el punto que para mi paso y mi cronómetro representa la palabra, aquí, meto la mano en el bolsillo y mis dedos rodean un pequeño objeto, sólido y conocido.

Mi piel contra el plástico es una guía segura, un sendero para recorrer, una memoria vigilante.

Encuentro el botón y lo oprimo con delicadeza.

Y otro.

Y otro más.

Un instante o miles de años más tarde, la explosión es un trueno sin tormenta, en la tierra cobijada por el cielo, un momento de liberación.

Después, los alaridos y el polvo y el estruendo de los coches que chocan, y las sirenas que me avisan que para mucha gente los ocho minutos han pasado.

Éste es mi poder.

Éste es mi deber.

Éste es mi deseo.

Soy Dios.

MUCHOS AÑOS ANTES

1

El techo era blanco, pero para el hombre yacente en la camilla estaba lleno de imágenes y espejos. Las mismas imágenes que lo atormentaban cada noche desde hacía meses. Los espejos eran los de la realidad y la memoria, donde seguía viendo el reflejo de su cara.

Su cara de ahora, su cara de antes.

Dos figuras diferentes, la trágica magia de la transformación, dos peones que en su recorrido habían marcado el inicio y el fin de ese largo juego de sociedad que había sido la guerra. Habían participado muchos jugadores, demasiados. Algunos se habían quedado quietos por un tiempo, otros para siempre.

Nadie había ganado. Nadie, ni de una parte ni de la otra.

Pero a pesar de todo, él había vuelto. Había salvado la vida y la respiración y la posibilidad de mirar, pero había perdido para siempre el deseo de ser mirado. Ahora, para él, el mundo no llegaba más allá de su propia sombra y como castigo debería seguir corriendo hasta el fondo de la existencia, huyendo de algo que traía consigo, pegado como un anuncio en una pared.

Detrás de él, el coronel Lensky, el psiquiatra del ejército, estaba sentado en una butaca de cuero, una presencia amistosa aunque de su función había que defenderse. Hacía meses, tal vez años, en realidad siglos, que se encontraban en esa habitación que no lograba eliminar del aire y de la mente el leve olor a óxido que se respira en cualquier ámbito militar. Aun cuando no se trataba de un cuartel sino de un hospital.

El coronel tenía poco pelo y voz serena, y a primera vista recordaba más a un capellán que a un soldado. A veces vestía uniforme pero casi siempre iba de paisano. Ropa normal, colores neutros. Un rostro sin identidad, como el de esas personas con que nos cruzamos y a continuación olvidamos.

Que queremos olvidar enseguida.

Además, durante ese tiempo había escuchado su voz mucho más que visto su cara.

– Bueno, saldrás mañana.

Esas palabras contenían el sentido terminante de la despedida, el ilimitado valor del alivio, el significado inexorable de la soledad.

– Sí.

– ¿Estás preparado?

«¡No!-le habría gustado gritar-. No estoy preparado, como no lo estaba cuando empezó todo esto. No estoy listo ahora, y no lo estaré nunca. No lo estoy, después de haber visto lo que he visto y haber vivido lo que he vivido, después de que mi cuerpo y mi cara…»

– Lo estoy.

Su voz sonó calma. O tal vez sólo se lo pareció al pronunciar aquella frase que lo condenaba al mundo. Y si no lo había sido, seguro que el coronel prefería pensar que sí lo era. Como médico y como hombre, el coronel prefería creer que había cumplido con su deber, antes que admitir su fracaso. Estaba dispuesto a mentirle al paciente como se mentía a sí mismo.

– Entonces, muy bien. Ya he firmado los documentos.

El cabo Wendell Johnson oyó el crujido de la butaca y el roce de los pantalones del coronel cuando éste se levantaba. No se sentó en la camilla, sino que se quedó inmóvil. Por la ventana que daba al parque veía la fronda verde de los árboles y también fragmentos de cielo azul. Pero, desde donde estaba, no llegaba a ver lo que habría visto de haberse asomado. Sentados en bancos, o inmovilizados por el auxilio hostil de una silla de ruedas, de pie bajo los árboles y dependientes de los pocos y frágiles movimientos que solían definirse como autosuficientes, había otros hombres como él.

En el momento de partir los llamaban soldados.

Ahora los llamaban veteranos.

Una palabra sin gloria que, más que atención, provocaba silencio.

Una palabra que decía que eran supervivientes, que habían salido vivos del pozo infernal de Vietnam, donde nadie sabía qué pecado podía expiar, aun cuando todo lo que los rodeaba fuera una demostración de cómo hacerlo. Eran veteranos y cada uno llevaba encima, de modo más o menos evidente, el peso de su redención personal, que empezaba y terminaba en los confines de aquel hospital militar.

Antes de acercarse, el coronel Lensky esperó a que su paciente se levantara y se volviera. Le tendió la mano y lo miró a los ojos. El cabo Johnson advirtió el esfuerzo del coronel por evitar que su mirada se posase en las cicatrices que le desfiguraban la cara.

– Que tengas suerte, Wendell.

Era la primera vez que lo llamaba por su nombre.

«Pero un nombre no es una persona», pensó.

Por ahí había muchos nombres, grabados en tumbas coronadas con cruces blancas, colocadas en fila con la precisión de un relojero. Eso no cambiaba nada. No servía pará devolver la vida a esos muchachos, para quitar de sus pechos inertes el número asignado, que era como una medalla en honor de las guerras perdidas. Él siempre sería sólo uno entre otros. Había conocido a muchos como él, soldados que reían, se movían y fumaban porros o se chutaban heroína para olvidar que tenían en el pecho, todo el tiempo, la retícula de la mira de un arma. La única diferencia entre ellos era que él todavía vivía, aunque sintiera que también estaba debajo de una de esas cruces. Todavía estaba vivo, pero el precio que había pagado por esa insignificante diferencia había sido un salto en el grotesco vacío de la atrocidad.

– Gracias, señor.

Se volvió y fue hacia la puerta. Sentía en la nuca la mirada del doctor. Hacía tiempo que no empleaba el saludo militar. No se le exige a quien está siendo reconstruido trozo a trozo, en el cuerpo y la mente, con el objetivo de que recuerde durante el tiempo que le quede. Y el resto de la misión estaba cumplido.

«Que tengas suerte, Wendell.»

Que en realidad quería decir: es asunto tuyo, cabo.

Recorrió el pasillo verdoso, pintado con esmalte brillante hasta la altura de la cabeza, y a partir de allí con una pintura normal, opaca. La incierta luz que dejaba pasar la pequeña claraboya le traía el recuerdo de algunos días de lluvia en la selva, cuando las hojas eran tan brillantes como un espejo y la parte oculta parecía hecha de sombras. Sombras entre las que, en un momento u otro, podía asomar el cañón de un fusil.

Salió al exterior.

Fuera había diferentes árboles, y estaban el sol y el cielo azul. Árboles fáciles de aceptar y de olvidar. No eran pinos manchados ni bambú ni manglares ni manchas acuáticas de plantaciones de arroz.

No era dat-nuoc.

Una palabra que le reverberó en la cabeza, algo gutural cuando se pronunciaba bien. En la lengua que se hablaba en Vietnam quería decir «país», aun cuando una traducción literal sería «tierra-agua», un modo muy realista de denominar la esencia de aquel territorio. Para cualquiera era una imagen idílica, siempre que no se tuviera que trabajar con la espalda doblada o caminar cargando con una mochila y un MI6.

Ahora, la vegetación que lo rodeaba significaba «casa». Pero no sabía con exactitud qué lugar darle a ese nombre.

El cabo sonrió porque no encontraba otro modo de expresar su amargura. Sonrió porque era un gesto que ya no le causaba dolor. La morfina y las agujas hipodérmicas eran ya un recuerdo casi desteñido. Pero no el dolor, eso quedaría como una mancha blanca en la memoria cada vez que se desnudara ante un espejo o en vano intentara pasarse los dedos entre el cabello, encontrando sólo el áspero tacto de las cicatrices y marcas de quemadura.

Caminó por el sendero sintiendo el crujir de la grava bajo los pies, dejando a sus espaldas al coronel y todo lo que significaba. Se encontró con la cinta de asfalto de la calle principal y dobló a la derecha, dirigiéndose sin prisa a uno de los edificios blancos que destacaban en el parque. Allí se alojaba.

Desde el principio hasta el fin, ese lugar contenía toda la ironía de los hechos.

La historia se estaba cerrando donde había comenzado. Pocos kilómetros más allá estaba Fort Polk, el campo de adiestramiento superior antes de la partida hacia Vietnam. Al llegar encontrabas un grupo de muchachos que alguien había sustraído de su vida por la fuerza, con la pretensión de convertirlos en soldados. La mayoría de esos muchachos nunca había salido del estado donde vivían, y algunos ni siquiera del condado natal.

«No te preguntes lo que tu país puede hacer por ti…»

Nadie se lo preguntaba, pero tampoco estaba preparado para asumir lo que su país le pedía.

En el interior del cuartel, en la parte sur, habían reconstruido una aldea vietnamita en sus mínimos detalles. Techos de paja, madera, bambú y ratán. Herramientas y utensilios raros. Caras de instructores con aspecto asiático que eran, por nacimiento, más norteamericanos que él. No encontró ninguno de los objetos o materiales a los que estaba acostumbrado. Sin embargo, en aquellas construcciones, en esas expresiones metafísicas de un paraje lejano, a miles de kilómetros, había al mismo tiempo una amenaza y un aspecto cotidiano.

«Así son las casas de Charlie», le había dicho el sargento.

Charlie era el mote con que los soldados estadounidenses se referían al enemigo. El entrenamiento empezó y terminó. Les habían enseñado todo lo que debían saber. Pero lo habían hecho deprisa y sin demasiada convicción; claro, convicción había poca en aquellos tiempos. Cada uno tendría que haberse enseñado a sí mismo y por su cuenta, sobre todo a distinguir entre las caras idénticas que lo rodeaban quién era un vietcong y quién un campesino sudvietnamita amigo. La sonrisa con que se acercaban era la misma en ambos casos, pero lo que llevaban consigo podía ser muy diferente. Tal vez una granada.

Como en el caso del hombre negro que en ese momento se acercaba, empujando las ruedas de una silla con sus fuertes brazos. Entre los veteranos del hospital, a la espera de reconstrucción, era el único con quien Wendell había entablado amistad.

Jeff B. Anderson, de Atlanta. Había sido víctima de un atentado en Saigón cuando salía de un prostíbulo. A diferencia de quienes lo acompañaban, había sobrevivido, pero paralizado de la cintura hacia abajo. Ninguna gloria, ninguna medalla. Sólo curaciones y vergüenza. Pero en Vietnam la gloria era un hecho casual, y las medallas muchas veces no valían ni el metal con que estaban hechas.

Jeff detuvo la silla de ruedas apoyando las manos en el caucho.

– Hola, cabo. He oído cosas raras sobre ti.

– En este lugar, muchas de las cosas que se dicen suelen ser verdad.

– Entonces es cierto. ¿Vuelves a casa?

– Sí, vuelvo a casa.

La siguiente pregunta llegó tras una fracción de segundo, algo tan breve como interminable, porque era una pregunta que Jeff se había hecho a sí mismo muchas veces.

– ¿Podrás?

– ¿Y tú?

Ambos prefirieron no dar una respuesta y dejar al otro la facultad de imaginarla. El silencio entre ellos era el resumen de muchas conversaciones anteriores. Habían tenido muchas cosas de las que hablar, otras tantas que maldecir, y lo que ahora no decían era la síntesis.

– No sé si envidiarte -dijo Jeff.

– Si te interesa saberlo, yo tampoco lo sé.