Interrumpí a Castaño y recordé la misteriosa reunión en el apartamento del miembro del Consejo de Estado. Le pregunté insistentemente su nombre y el del otro asistente a la reunión pero no quiso revelarlo. Entonces le pregunté:

- ¿Qué hacía un hombre cercano a usted en esa reunión?

- Orlando Henao le hizo fantásticas promesas al hombre de mi confianza que estuvo temporalmente en sus manos. También le propuso el oro y el moro a los hombres de mayor mérito en las Autodefensas, con el propósito de obtener favores con otras personas usando mi nombre y el de mi organización, sin yo saberlo. Este narco trató de comprar las AUC. Se acercó a varios de mis hombres y amigos a quienes les hice ver que al lado de los narcos lo único seguro es la traición, que conduce a la muerte o a la cárcel. Tiempo después este narcotraficante fue ejecutado en la cárcel Modelo, en Bogotá.

¿Con lo que usted revela sin duda le envía un dardo a ese alto funcionario de la Fiscalía General de la Nación. Por qué oculta el nombre de éste, el magistrado y su amigo, partícipes de la misteriosa reunión?

No vale la pena hacerles daño a esas personas que solo estaban allí por su propia pusilanimidad. Respecto al funcionario de la Fiscalía, he sido sensato en esta denuncia; pude haberlo hecho abiertamente contra él y todo su grupo de la infamia. Sólo he prometido decir la verdad hasta dónde creo debo hacerlo. Por ahora no lo haré, pues no le quiero hacer tanto daño al país. Voy adicionar a lo dicho que fueron varios los encuentros secretos. En una de esas reuniones estuvo presente uno de los más importantes dirigentes deportivos del fútbol como mediador. En dos ocasiones Orlando Henao Montoya visitó el despacho de aquel alto funcionario de la Fiscalía General de la Nación; allí acordaron los cargos que le abrirían y los que no, al momento de someterse a la Justicia. El trabajo de ocultar el crimen de la muerte de Álvaro Gómez Hurtado no se discutió entre el funcionario y Henao, sino en un escenario también de alto nivel.

- No comparto su criterio de ocultar verdades para bien del país, pero -cambiando el tema- ¿el ex fiscal Alfonso Gómez Méndez dijo alguna vez que usted atentaría contra su vida?

- Resultó un malentendido que el fiscal buscó aclarar con la Autodefensa a través de Max Alberto Morales y costeños distinguidos que llevaron y trajeron los mensajes. Gómez Méndez decía a los emisarios: “Cuando entregue mi cargo Castaño me matará, pero mientras tanto seguiré cumpliendo con mi deber. Si Castaño derrotara al ‘Mono Jojoy’ yo lo condecoraría, pero se ha dedicado a asesinar civiles”. Yo le respondí: “Usted nunca ha sido objetivo militar nuestro, se encuentra lejos de ser un guerrillero; en el fondo es un hombre de izquierda sensible socialmente, no es un bandido”.

Gómez Méndez estuvo atrapado en una sucia telaraña, que no tejió y le impidió obrar equilibradamente, viéndose obligado y comprometido a impartir más justicia de la cuenta en algunos procesos. Por su exceso de justicia, sin justicia, lo critico. Él es un abogado muy singular. Se mueve como los sacerdotes jesuitas que posan de mártires pero viven como oligarcas y aunque Gómez no lo sea, sí vive como uno de ellos.

Castaño me propuso salir de ‘La Cristalina’ y continuar conversando en la choza, donde nos esperaba el desayuno.

En la mesa bebió un gran sorbo de café, puso el pocillo vacío sobre la madera con un golpe seco, y dijo:

- En esa época sucedieron varios acontecimientos que el país aún no conoce. A raíz de lo que divulgaré nadie querrá hablar conmigo por un tiempo largo. Yo participé en la reunión donde se esperaba provocar la caída del presidente Ernesto Samper. Lo que denunció en esa época su gobierno fue la pura verdad.

Todo comenzó con una visita que me hizo el ex ministro Álvaro Leyva Durán en compañía de su viejo amigo Hernán Gómez Hernández. En el fondo son muy parecidos. A los dos les gusta estar con “Dios y el diablo”, nunca sólo con Dios.

Ese encuentro fue sibilino y me recordó las reuniones que en una época sostuve con el Grupo de los Seis. Leyva fue directo y franco, me propuso lo siguiente:

“Comandante Castaño debemos comenzar zanjando odios entre la Autodefensa y la guerrilla porque si no nunca cabremos en este país. Pienso que podemos obtener tal fin por medio de una antigua relación que poseo con las FARC en mi condición de académico y que he sostenido por el bien del país. Podemos conformar un equipo donde quepamos las FARC, la Autodefensa y un grupo de colombianos con ideas importantes. El objetivo consistiría en reestructurar el Estado y pedirle al presidente que se aparte como condición para lograr la paz en Colombia; además, entiendo que usted tiene en su poder la prueba reina del caso jurídico del presidente Samper”. Le contesté:

Doctor Leyva, mi padre sostenía que un presidente no se podía caer y punto. Pero digamos que soy más moderno que don Jesús Castaño. ¿Adónde nos lleva su propuesta? Leyva descubrió el alma de encantador de serpientes que tiene y dijo:

“Las FARC y las Autodefensas declararían de manera independiente un cese de hostilidades prorrogable si se convoca una Asamblea Nacional Constituyente. El único obstáculo para la paz sería el presidente Samper y su gobierno desprestigiado”.

Acepté la proposición por mi desprecio hacia Samper, como en su momento cualquier colombiano honesto tuvo que sentir rabia contra él al enterarse de que su campaña política se financió con dineros del narcotráfico. Leyva hablaba de su fórmula como la única salida para la paz del país, cuando lo que se dio fue una gran conspiración contra el presidente Samper. Después Leyva quiso negarlo pero fue un conspirador. Consideré difícil el que Leyva llevara a buen puerto su ideal pero él, sin embargo, había adelantado trabajo. Al segundo encuentro arribó con el actual ministro Juan Manuel Santos Calderón y su periodista Germán Santamaría, el esmeraldero Víctor Carranza, Hernán Gómez y dos personas más. Ahí se acordó que Leyva se reuniría con las FARC para que emitieran, desde el sur de Colombia, el pronunciamiento sobre lo acordado. Yo tenía claro que de todos los presentes el único hombre respetable para liderar la propuesta públicamente era el señor Juan Manuel Santos Calderón. Él se enderezó, nos miró y creo que hasta ese momento se dio cuenta de que estaba rodeado de bandidos.

Juan Manuel Santos Calderón aceptó ser la carta de presentación y dijo: “Esto permanecerá en privado inicialmente, luego se publicará”. La reunión se disolvió y se convocó otra en quince días donde Leyva comentó resuelto: “Señores, la paz de Colombia la tenemos de un cacho, pero, antes que nada, déjenme decirles que yo vengo es por Ernesto Samper”.

Interrumpí de nuevo a Leyva y le dije: “Si se cae el presidente Samper ¿a quién montamos? ¿Quién lo remplazará? ¿Qué tan largo será el vacío de poder?”

Leyva respondió: “El día que se publiquen los comunicados de las FARC y las Autodefensas, Juan Manuel Santos Calderón solicitará que el presidente se aparte de su cargo. Los grupos armados expresaran su voluntad de que el doctor Santos lidere el proceso de paz y adelante la Asamblea Constituyente”.

Eso lo colocaba casi de presidente. ¡Qué tal la conspiración! A mí no me disgustaba la idea. Creía y aún creo en la honestidad y buenas intenciones de Juan Manuel Santos Calderón. Días después, me reuní de nuevo con Álvaro Leyva para ultimar detalles. Él traía el mensaje de la guerrilla, lo único que faltaba. “Las FARC dicen que se ratifican en lo pactado”, aseguró Leyva.

Por primera vez creí que daría resultado. Recuerdo que en una reunión, Víctor Carranza preguntó: “¿Y el ELN qué?”.

Leyva le contestó: “Eso no es problema, de ellos se encargan las FARC”.

Previo al pronunciamiento de las FARC, la Autodefensa y Juan Manuel Santos Calderón, el ministro Horacio Serpa develó el plan y en los medios de comunicación se comenzó a hablar de una conspiración contra el Gobierno. El comisionado de paz, José Noé Ríos, citó a una rueda de prensa en Armenia y denunció la conspiración: “No es lícito ni ético utilizar la paz con fines maliciosos y malintencionados”.

Álvaro Leyva, desesperado, llamó a un contacto que a su vez me dijo: “¡Lance el comunicado!”

Y yo preguntaba: “¿Dónde está el de las FARC?”

Al fin se pronunció las FARC pero emitió un lánguido comunicado entregado por un frente guerrillero anónimo en Popayán. Yo me desilusioné porque imaginaba la intervención de ‘Marulanda’, ‘Alfonso Cano’ y ‘Raúl Reyes’.

Minutos más tarde publiqué un comunicado igual de intrascendente al de la guerrilla, encomendé a unos negritos Ibargüen de la Autodefensa en Quibdó para lanzarlo.

Sólo cumplió con lo acordado Juan Manuel Santos Calderón jugándosela toda en una rueda de prensa en la que utilizó las mismas palabras de Leyva: “Presidente, la paz está de un cacho, ¡apártese!”. Horas más tarde el pobre Juan Manuel Santos estaba ridiculizado y sólo.

El trabajo de dos meses se desmoronaba, y yo esperanzado en acabar fácil con esta guerra. Pensé que nos daríamos la mano con las FARC y el ELN se sumaría a esta propuesta. Luego participaríamos todos en la reconstrucción de este país. Pero no. He reflexionado sobre lo que ocurrió y creo que las Farc nos dejaron colgados a todos.

- ¿Volvió a hablar usted con Alvaro Leyva?

- Sí, con él hubo otra reunión en la que me dijo que el “Plan de paz”, como llamaba él la conspiración, fracasó. Recuerdo que Leyva exclamó: “¡Jamás permitiré que me vean como conspirador”

- Creo que pasamos muy rápido por los protagonistas de esos encuentros -le dije a Castaño. ¿Qué buscaba cada uno de los asistentes a esa reunión incluyéndolo a usted?

- Resultaba claro que Leyva deseaba tumbar al presidente Samper como fuera; Juan Manuel Santos Calderón esperaba jugar un papel determinante en el inicio y desarrollo de las conversaciones con las FARC y las Autodefensas. Carranza buscaba ser de alguna forma intermediario y pescar en río revuelto. Yo era un imbécil convencido de las intenciones altruistas que en un principio motivaron la conspiración.

Castaño apoyó sus dos manos sobre la mesa y se puso de pie: -¿Tiene su morral listo? -preguntó

- Sí- exclamé.

- ¡Entonces nos vamos ya!



XVIII. SALVATORE MANCUSO


Nuestros pasos eran acompañados por el canto de los pájaros que se multiplicaban en la copa de los largos y delgados árboles de la selva. Perderse aquí es incitar a la manigua para ser devorado como el protagonista de “La vorágine”.

Avanzábamos y le pregunté a ‘H2’:

- ¿Qué pájaros son los del escándalo?

- Las guacharacas. Les gusta seguir a la gente y se reúnen para hacer bulla. En combate toca darles bala para que no le avisen al enemigo dónde permanecemos escondidos.

- ¡Buelvas! -gritó Castaño desde la orilla de la quebrada a la que nos acercamos. Entréguele el fusil a ‘H2’ y cargue al señor periodista para que no se moje los pies.

- No se preocupe, Comandante. Yo cruzo así -le dije, confiado, pues el arroyo era ancho, poco profundo y la corriente liviana.

Castaño replicó:

- No sea terco; sus botas no son pantaneras y se les entra el agua. ¡Déjese llevar!

Al ver a Buelvas, un trigueño de un metro con noventa de estatura, me tranquilicé. Me encaramé en su espalda amplia, apenas le rodeaba el cuello con mi brazo, al agarrarme para evitar caer. En el fondo de la cristalina quebrada se apreciaban perfectamente las piedras. Avanzamos a paso lento hasta a la otra orilla donde me esperaba Castaño, sonriente.

- No hay nada peor que caminar por el monte con los pies mojados.

Me comentó su itinerario y el mío, del que siempre me enteraba a última hora.

- Yo voy a caballo para el campamento madre de la Autodefensa donde no me puede acompañar pero lo dejo en buena compañía. En el transcurso de la mañana lo recogerá helicóptero, posiblemente al mando del comandante ‘Manuel’.

- ¿Quién es el? -le pregunté.

Así también se le conoce al comandante Salvatore Mancuso o al ‘Mono’. Él lo acompañará a un sitio tranquilo donde podrá entrevistarlo.

- Si me encontraré con el ‘Mono’ Mancuso, cuénteme algo de él.

- Su personalidad posee un imán y en la Autodefensa todos quieren estar a su lado. No es prepotente, es sencillo y buen amigo. Su calma lo impresionará. En el país han tratado de compararlo con Jojoy pero jamás se le podría parecer, sólo coinciden en el sobrenombre ‘El Mono’.

Salvatore es de cuna, hijo de inmigrantes italianos y un “Dandi” de sangre azul. Su familia la conforman algunos de los colonizadores de Córdoba. Con su ingreso a la Autodefensa, en la costa Atlántica se ganó “status social”. Su vinculación generó confianza en Córdoba y se creyó aún más en los Castaño; ya nos favorecía la clase media de la región pero al tener un “chacho” de la alta sociedad como Mancuso, se acercó la gente que faltaba.

La primera vez que apareció en la prensa fue por mi culpa y filtré esa información para desafiar a las FARC que presentaba a Simón Trinidad como el “niño bien” de la guerrilla.

Entonces dije: “Ah, muy bacancito el comandante de las FARC; ¡les mostraré algo fino!”. Uno de mis sueños es sentar algún día a una mesa a los comandantes de las FARC con los míos. Allá, las cavernas, guerrilleros viejos y aquí la gente civilizada, los jóvenes comandantes.

Antes de conocernos y ser miembro de la Autodefensa, Mancuso ya era un paramilitar. Se mantenía en las brigadas del Ejército y cuando aún estaba legal anduvo con varios de los que hoy son generales. Fue un consentido de los militares, se subía en los helicópteros del Ejército y los acompañaba a los operativos.

Mancuso fundó un pequeño grupo armado cuando aún la ley lo permitía. Fue uno de los pocos ganaderos que tomaron los fusiles para defenderse de la guerrilla; cuidaba su finca y les ayudaba a los militares pero tiempo después, al acercarse a la Autodefensa, el Ejército lo apartó. Allí lo utilizaban mucho y después le daban la espalda, lo dejaron solo varias veces.

Convertirlo en miembro de la Autodefensa no fue fácil. Comenzamos realizando operativos antisubversivos conjuntos. Él me prestaba hombres y nosotros también. Durante varios meses le hice ‘lobby’, fui acercándome con frecuencia, informándole de la Organización; le solicitaba favores sencillos como visitar la finca de un ganadero vecino para darle moral en un momento difícil. ¡Eso fue con mucho cariño!

Se embarcó rápidamente en la Autodefensa y luego constató que sería imposible regresar a la normalidad. El único camino era ganar la guerra conmigo. Confieso que hubo perversidad de mi parte, pero con buena intención, él lo intuía. Avanzó en la Organización y su punto de no retorno ocurrió al dejarse atrapar por el poder que se ostenta cuando se está en la Autodefensa y en la legalidad. Mancuso adquirió un poder inmenso en el departamento de Córdoba y en la costa Atlántica. Discutía el futuro de la región con los alcaldes y los ministros de Desarrollo y Agricultura.