La Autodefensa es una empresa para él: “Hay que buscar la excelencia, la competitividad, el desarrollo, la actualización y la armonía entre los empleados. Debe existir la autoevaluación y la toma de decisiones necesita ser compartida”.

Mancuso es algodonero, arrocero y ganadero, un empresario con visión y aspiraciones de magnate. Importa maquinaria y exporta carne. Su pasión consiste en reactivar economías y generar empleo. Eso es uno de los grandes empresarios de la costa Atlántica. Un día me dijo:

“Las empresas de los grandes grupos económicos las cuidan el Ejército y la Policía. ¿Quién va a cuidar los bienes de la clase media, lo nuestro? Está claro que lo primero que hay que tener es quién vigile la producción en el campo”.

Salvatore se fue entregando cada vez más a las Autodefensas, se convirtió en un gran táctico y excelente militar.

Llegó cuando yo necesitaba gente formada y lo más importante en un organización es el material humano. Se necesitaba gente como él para darle poder, pero poder para mandar, ordenar y castigar, a fin de lograr convivir en paz.

- ¿Mancuso fue quien lo salvó de morir una vez? -le pregunté a Castaño, caminando por la trocha.

- Sí, eso sucedió el 28 de diciembre de 1998. Le dimos vacaciones al ochenta por ciento de los hombres de la Autodefensa y las FARC atacó mi campamento con cuatrocientos guerrilleros. Fue aquí cerca, en pleno Nudo del Paramillo. Sobreviví al ataque porque Mancuso me rescató en helicóptero y me sacó de la selva.

Nunca acostumbro a dormir en el mismo sitio donde sostengo reuniones, lo que resultó esencial. Cuando atacaron el campamento de Tolobá, yo no estaba allí; esa noche me había marchado por un túnel natural de maleza y dormí a cuatrocientos metros en uno de mis refugios. Encontrándome lejos, logré escabullirme con relativa tranquilidad. La historia completa se la contará Mancuso.

Castaño se apartó del grupo y sacó su teléfono satelital portátil, acercándose al caballo color tabaco que le alistaba un patrullero. Llegamos a una solitaria y pequeña choza donde lo esperaban diez hombres, dos de ellos con ametralladoras M-60. En el claro donde aterrizan los helicópteros tomé varias fotos, y pensé: “Qué contraste: lo más moderno en comunicaciones y lo más antiguo en transporte”.

Al terminar su llamada, Castaño se acercó y se despidió:

- Esta vez quizá me demore unos días en el monte. No sé cuándo nos volveremos a ver, pero esté atento que yo le aviso la fecha y el lugar para un nuevo encuentro.

Tomó las riendas de la bestia y de un solo movimiento se subió y ordenó:

- Buelvas y ‘H2’, acompañen al señor periodista mientras llega el helicóptero.

Lo seguí con la cámara para fotografiarlo a caballo hasta que se perdió en la maleza, balanceándose de lado a lado, pensativo, como dejándose llevar por el paso del animal.

En el improvisado helipuerto se escuchaba aproximarse el aparato pero no lo lograba ver aún. Según Buelvas en estos sitios sólo se divisa el helicóptero cuando está encima aterrizando. Y así fue. Al acercarse la ruidosa máquina, me dijo ‘H2’:

- Viene el comando Mancuso piloteando.

- ¿Cuál de los dos es? -le pregunté.

- Es el de camisa blanca; el otro es el “capi” el mismo que lo trajo a usted. ¿Recuerda?

Caminé hacía el helicóptero y el “capi”, se bajó. Me indicó que me subiera adelante y le pasara el morral. Mancuso estiró su mano y me ayudó a subir saludándome. Con un gesto me señaló los audífonos para que me los colocara y en voz monofónica se presentó:

- Mucho gusto, soy Salvatore. Ten cuidado de no pisar los pedales y cada vez que desees hablarme, oprime con el pie el pequeño botón rojo a tu derecha.

Despegamos y, sobre la inmensidad del Paramillo, me dijo:

- Sobrevolaremos Tolobá y el refugio de donde rescaté al comandante Castaño, el día que nos invadió las FARC.

Mancuso no necesitó indicarme el sitio que alguna vez fue el campamento sagrado de la Autodefensa. De Tolobá quedaban las ruinas calcinadas en la cima de una empinada montaña, la más perpendicular de las que la rodeaban.

Girando sobre la zona tomaba fotografías de los restos del incendio y le pregunté al Comandante donde aprendió a volar:

- Soy un piloto empírico. Aprendí cuando estuve al frente de las tropas en Santander y Sur de Bolívar. Algunos amigos empresarios nos prestaban sus helicópteros y me brindaban la capacitación necesaria.

- Castaño me comentó que usted retenía temporalmente los helicópteros capaces de hacer sísmica y los piloteaba en la serranía de San Lucas. Los habitantes de la zona divisaban los aparatos como enloquecidos en el aire.

Mancuso sonrió y continuó hablando:

- En la Autodefensa cada bloque tiene su helicóptero y mantenemos dos en acuartelamiento. Son en total siete.

- ¿Por qué comenzó a formarse esa pequeña fuerza aérea en las AUC?

- Según Castaño se conformó al ir adquiriendo las FARC y el ELN aviones y helicópteros. Él dice que las Fuerzas Aéreas irregulares comenzaron con la penetración del narcotráfico tanto a la guerrilla como a las AUC.

- Un uso importante que le damos a los helicópteros es el de ambulancia, con ellos se transportan los heridos. Los patrulleros combaten con mayor determinación pues si los hieren el helicóptero los traslada para recibir atención médica.

Le pedí que reviviera el famoso 28 de diciembre de 1998, cuando pudo haber muerto Carlos Castaño.

- ¿Dónde se encontraba aquel día y como se enteró de que atacaban el campamento de su comandante?

- Yo andaba reunido con mi familia en una finca del Urabá y me había visto con Castaño el 25 de diciembre en el Nudo del Paramillo cuando viajé a desearle una feliz Navidad.

El rumor era que la guerrilla entraría a la zona. Ese día sobre volamos el área, analizamos la situación y determinamos los sitios por donde podrían ingresar al campamento. En efecto, atacaron por el lugar que habíamos imaginado.

Aparte de darle vacaciones al ochenta por ciento de nuestros hombres, habíamos decretado una tregua unilateral con las FARC. Alrededor de Tolobá no teníamos más de cuarenta hombres, en una zona donde normalmente operan cuatrocientos patrulleros. Carlos no se movió del sector porque jamás imaginó que lo atacaría un grupo de setecientos subversivos, cuatrocientos por el frente y trescientos en la retaguardia.

Al informarle por radioteléfono que las FARC atacaba el campamento, Carlos sabía por dónde huir, no contaba con un frente de guerra para combatir con la subversión, sólo lo acompañaba un grupo de hombres que escasamente alcanzaban para escoltarlo en su retirada.

A las once de la mañana volé en helicóptero con mi escolta personal hacia el campamento. Desembarqué a cinco de mis hombres en el perímetro entre Castaño y la guerrilla para brindarle seguridad al comandante. Estos patrulleros habían estado conmigo desde el nacimiento de la Autodefensa y dieron su vida por sacar ileso a nuestro líder, pues horas más tarde fallecieron en combate, mientras Castaño huía.

Los subversivos lo seguían con fuerza y de cerca. Carlos avanzaba sin parar. La misión de los hombres de su escolta y la mía era servirle de retaguardia. Disparaban contra los guerrilleros, corrían treinta metros y volvían a enfrentarse.

Yo me marché a otro lugar y viaje varias veces a la zona de combate, donde incrementé la tropa. Dejé en puntos estratégicos los únicos treinta patrulleros que encontré en ese instante. Conmigo permaneció uno de mis hombres de confianza con quien ametrallamos a la guerrilla desde el helicóptero. Parecían hormigas esparciéndose por todos lados. Con la M-60 disparamos cananas en serie. Cada una puede tener mil tiros y se acaban en dos minutos. Montábamos más y el patrullero seguía disparando. También les arrojamos bombas pero continuaron avanzando.

- ¿Y cómo no le dieron a su helicóptero?

- Sobrevolábamos a una altura superior a los dos mil pies, las balas no nos alcanzaban y efectuábamos círculos colocando el helicóptero en posición de ataque.

Me impresionó cómo cayeron cantidades de guerrilleros muertos. Como mínimo, fallecieron setenta. La zona escondía cargas de dinamita que se activan al paso de intrusos.

Durante el combate la comunicación era deficiente y por momentos perdíamos la voz de Carlos. Además nos veíamos obligados a interrumpir las conversaciones frecuentemente para evitar que escanearan la frecuencia y ubicaran a Castaño. Conocerían para dónde se movía y cuántos hombres le cuidaban la espalda. Desde el aire observaba cómo la guerrilla lo cercaba. Yo necesitaba conocer el tiempo exacto que demoraría Castaño en llegar al único claro de la selva donde se podía aterrizar. Apareció por el radio diciendo: “Estoy a siete minutos del sitio de encuentro”. Prohibí ametrallar más, pues parte de su escolta estaba efectuando maniobras para engañar a las FARC. Al final, con los tres hombres que le quedaban dejó de disparar y corrió hasta el sitio.

Llegué al claro, que no era tan despejado, sino un hueco en medio de la selva; un espacio de treinta metros cuadrados donde apenas cabía el helicóptero. Sin pensarlo dos veces, incliné el aparato bajando al sitio en forma de espiral. Cada vez debía lograr giros más cerrados, la única forma de acercarme al lugar. Al divisar árboles cerca, solté el aparato y lo metí de frente. Para no estrellarme contra el piso, frené al máximo y la máquina comenzó a temblar como si se fuese a caer pero se sustentó de manera increíble. El ametrallador le tendió la mano a Carlos que subió con dos de sus hombres y yo les grité:!No se puede subir nadie más, si no, esta máquina no despega!”.

Aterrizar había resultado complicado y suicida, pero salir era aún más difícil; dependía de la potencia del helicóptero y cualquier cosa podía suceder. Tuve que forzar el aparato al máximo debido a los árboles inmensos. Una vez fuera del hueco sobrevolamos a ras la copa de los árboles. Era un vuelo táctico de escape. La guerrilla te puede disparar desde la selva y nunca alcanzarían a impactar un helicóptero que pasa a doscientos kilómetros por hora, unos ciento veinte nudos.

El rescate se llevó a cabo en un minuto y, lejos ya de la zona de combate, el ‘Pelao’ se acercó, me abrazó por el cuello y dijo: “¡Bien, muy bien!”.

Al aterrizar en una finca en zona liberada y tranquila, nos abrazamos de nuevo y le dije al ‘Pelao’: Gracias a Dios no le pasó nada. Todavía me falta mucho por vivir, me contestó.

Le propuse liderar la situación para que descansara pero reaccionó exaltado: “¡No, no. Nos quedamos juntos!”.

Yo rescaté a Carlos a las cinco y treinta de la tarde y donde no hubiera reaccionado con rapidez ignoro qué habría sucedido. El error fue exceso de confianza.

Periodista, ya aterrizaremos en la finca. Mis hijos deben estar molestos porque no les di una vuelta en el helicóptero.

Al descender en el potrero, los dos niños permanecían detrás de la cerca. El menor, el más ansioso, se secaba las lágrimas de los ojos por lo que había dicho su padre. Nos bajamos y se acercaron corriendo. Mancuso le dijo al piloto:

- Capi, llévate a los ‘pelaos’ y hazles bastantes maldades, que les fascina.

Atravesamos la cerca y mientras nos desplazábamos hacia la casa de la finca, el helicóptero realizaba piruetas y volaba a ras. Caminábamos en silencio por la carretera sin asfaltar. Comenzamos a hablar de la Autodefensa; Mancuso dijo:

- “No existe un camino distinto al de convertirnos en un problema para nuestros gobernantes, no para el pueblo, los colombianos saben que somos parte de la solución. Tenemos que parecer un dolor de cabeza para que se dignen tenernos en cuenta en el proceso de paz y el enemigo reconozca nuestra independencia. Si no se incluye a todos los actores del conflicto en la negociación, jamás se acabará la guerra.

- Afortunadamente miles de personas nos expresan su gratitud porque alguien está liderando el restablecimiento del orden, ya que ni los gobernantes ni las Fuerzas Militares afrontan la situación. La gente confía en nosotros por comprometernos a devolverle la seguridad a varias zonas y continuaremos cumpliendo. La palabra nuestra y la de la Autodefensa pesa.

- No sólo nos interesa derrotar a la guerrilla; también deseamos el progreso de nuestras zonas y si esto implica que se les acabe el fortín a numerosos políticos, se acabará. Los que más se quejan son los corruptos de la región pues ahora les resulta imposible mantener sus intereses particulares. Deseamos que los políticos de la Costa Atlántica recapaciten y comprendan que con su actitud y desempeño no le han producido ningún beneficio a la región que representan. Si el pueblo no está contento con ellos, nosotros tampoco. En algunas regiones, la Autodefensa ha demostrado que es posible mejorar las vías, la salud, el empleo, tener maestros y generar progreso en la región. Logramos lo que los políticos nunca alcanzaron, tener la región en el momento de desarrollo que nosotros la tenemos.

- Castaño dice como ejemplo: “Córdoba fue declarada zona libre de aftosa en Latinoamérica por la intervención de la Autodefensa con los ganaderos. La autoridad que impulsó el cumplimiento de las normas fuimos nosotros: confiscamos ganado infectado, retuvimos animales temporalmente y hasta reprendimos a algunos ganaderos. La campaña de Fedegán no padeció ningún tropiezo”.

- Hoy, la Autodefensa les paga a más de doscientas personas por ser los veedores que controlan el funcionamiento de los municipios donde operamos.

- ¿Para alcaldes, podríamos llamarlos? -pregunté.

- Algo así. Vigilan que los municipios funcionen y el dinero del Estado no se desperdicie. La mayoría de estas personas son jóvenes universitarios de diferentes regiones del país. La administración municipal los emplea y nosotros les brindamos un aliciente económico que compense su calidad profesional.

Mancuso interrumpió la conversación, pues ya habíamos atravesado la casa hasta llegar a un kiosco. Prendió los ventiladores para apaciguar los 38 grados de temperatura y luego nos sentamos.

- ¿Cuál es la diferencia entre usted y Carlos Castaño? -le pregunté.

- Existen varias. Yo he permanecido más tiempo en combate y me gusta liderar las tropas en las batallas y liberar zonas controladas por guerrilla. Desarrollo conceptos militares en las operaciones. Utilizo estrategias nuevas e invento artimañas para derrotar al enemigo. Me gusta dirigir las incursiones, pero a Castaño le molesta: “Usted tiene prohibido luchar en el frente de la batalla. No sólo va a dejar huérfanos a sus hijos, sino a la Autodefensa”.

- El ‘Pelao’ me discute y se pone bravo. Yo hago caso, pero de vez en cuando me le vuelo y me echo mis plomitos por ahí, eso me reduce el estrés.

- A diferencia de la opinión de muchos, la lucha armada ha repercutido sobre nosotros dos. Nos ha hecho más sensibles. En la guerra uno siempre está dando de baja al enemigo o pensando en destruirlo y eso no es fácil de asimilar como cotidianidad. Piensan que uno es insensible ante la muerte, pero yo he puesto el pecho en el combate y visto caer al compañero herido, también he recogido a mis muertos. Por esto uno busca incansablemente caminos para acabar el conflicto; queremos que termine rápido pero no de una manera entreguista.