El paro tomó unas dimensiones que ni nosotros mismos nos imaginamos. Entonces, ahí sí, volvió a aparecer el canciller Fernández a través del parlamentario Luis Carlos Ordosgoitia, quien por teléfono me dijo: “Estoy con el Presidente y con el señor con el que nos reunimos”. No le gustaba mencionar al ministro Fernández pero de igual manera me lo pasó. Nos saludamos y el canciller me preguntó: “¿Cómo solucionamos el problema en el Sur de Bolívar?”

Le contesté:

“Este paro es la consecuencia de no manejar las cosas tal cual como los dos las conversamos. Nuestras sugerencias no han sido tenidas en cuenta y no hay razones para continuar las conversaciones como se han venido dando”.

Entonces el canciller replicó:

“Pero nosotros creemos que todo está igual, lo conversado se ha respetado y tenemos intenciones de seguir reuniéndonos pero necesitamos que se levante el paro lo más pronto posible, ya que el Presidente se encuentra preocupado por las consecuencias que ha acarreado”.

No era el momento para recriminar al Gobierno sus intenciones a espaldas nuestras. Era necesario volver a aparecer atractivos para futuras conversaciones. Reflexioné sobre la gravedad del paro y le comenté al Ministro: “Déjeme, yo hablo con Carlos Castaño y le aviso qué se puede hacer”.

Al comunicarme con el Comandante, le sugerí levantar como fuera el paro pues el objetivo ya estaba cumplido, restableceríamos los diálogos con el Gobierno, pero me contestó: “Este paro ya adquirió vida propia, doctor Mario. Será cada vez más difícil terminarlo. Hablaré con el comandante ‘Julián’ y le aviso”.

En ese momento Castaño interrumpió solicitando mi atención:

- El paro se creció de una manera impresionante. El movimiento civil “No al despeje” mantenía bloqueada la troncal del Magdalena Medio en varios lugares y ocurrieron otras protestas no relacionadas con la nuestra, como una marcha de paneleros en Bogotá, una por servicios públicos en Barranquilla, otra en la Guajira por el presupuesto departamental y otra en Caucasia por un desembolso que la Nación aún no le había realizado a la Alcaldía. A éstas se sumó una movilización de transportadores en Bucaramanga, en contra de los bloqueos de vías producidos por el movimiento “No al despeje”.

El país estaba paralizado y el presidente Pastrana me mandó decir con el doctor Mario: “Tenga sensatez: usted sacó esa gente, pues ahora llévesela de regreso”.

Yo sabía lo comprometida que estaba la gente con el paro y lo difícil que sería solicitarles que lo suspendieran. Entonces le envié otro mensaje al Presidente: “Reconozco que fui el promotor de ese paro pero lo que comenzó siendo un movimiento local de protesta social justa, desembocó en otra cosa. Trataré de persuadir a esta gente, pero no será fácil”. Y el Gobierno me respondió: “Pregunta el Presidente ¿que si usted está dispuesto a decir lo anterior por escrito y hacerlo público?

Si el gobierno se declara en comité permanente de negociación, por supuesto. El Gobierno inició diálogos y se hizo un documento en el que yo les hacía un llamado público a las organizaciones Asocipaz y movimiento “No al despeje” para que levantaran la protesta pero les metí un mico: “No obstante considerar justa la protesta, invito a los promotores de la movilización a buscar salidas distintas”. Luego llamé a los promotores y les dije: “Señores, es mejor levantar el paro”.

“Dénos una cita”, me contestaron y yo me opuse por encontrarme al margen de la ley y resultar nocivo para los dirigentes de la protesta social”.

Entonces me dijeron: “En las anteriores conversaciones, el ministro Martínez Neira nos engañó y ahora sucederá lo mismo. Nosotros estamos decididos a jugárnosla toda. No le entregaremos nuestra tierra a la guerrilla”.

Uno de los dirigentes del paro me habló alrededor de quince minutos, con tal convicción que al terminar su exposición le contesté:

Señor, no lo conozco pero me quito el sombrero ante usted. Le sobra el patriotismo que a mí me falta en este momento. ¡Hágale para adelante!

Al instante se oía la gritería por teléfono, la gente celebró la continuación del paro y cuento se regó. A los 30 minutos me mandó el doctor Mario un mensaje por Internet en el que renunciaba al cargo. Llegada la medianoche lo llamé y le expliqué la situación: “para serle sincero y no decirle mentiras, la situación se salió de mis manos y no contemplo usar la fuerza”.

Esa madrugada en el Nudo del Paramillo, me informaron que acababan de desembarcar dos aviones DC-3 en Necoclí. A Caucasia llegaron nueve helicópteros y por el municipio de Apartadó, otros dos aviones parecidos a los DC-10.

¡Esto se calentó! Pensé

Era obvio que los enviaba el Gobierno para presionarme y aunque me encontraba en medio de las aeronaves, no podían hacerme daño. En la inmensidad del Paramillo cabe guerrilla, Ejército, Autodefensas y si no quieren encontrarse para pelear, no lo hacen.

Esa mañana ordené que se intensificaran los bloqueos y las protestas. El Ejército conjuró bastantes movilizaciones a garrote, lo que no tuvo difusión.

Más tarde reaparece el doctor Mario, que me dice: “Comandante arreglemos esto ya. Estoy preocupado porque esto se puede tornar peligroso”.

Le dije: “Gestione con el Presidente para que acepte una nueva reunión con los promotores del paro”. Ese mismo día se habilitó un encuentro en Bucaramanga entre el ministro del Interior Humberto De la Calle y varios representantes de la protesta, Asocipaz y el movimiento “No al despeje”.

La situación fue tan tensa que antes de la reunión recibí el último mensaje del maestro Gabriel García Márquez. Su altruismo y perseverancia no conocieron límites. Esta vez utilizó un intermediario serio pero inusual, lo que supe interpretar. El maestro cumplía por última vez con su deber de Colombiano al hacerle otro favor al presidente Pastrana. El Nobel se comunicó con el jefe de redacción de la revista Cambio, Edgar Téllez, y le pidió el favor de que me comunicara a través de Don Rodrigo el siguiente mensaje: “Carlos, este es el día. Lo que suceda hoy puede ser definitivo para el país y para ustedes”.

No entendí el mensaje,. por inconsistente, y al haber pasado por dos intermediarios, deduje que el maestro sentía que yo no merecía tanto manoseo y que una manera de comunicármelo consistió en no llamar él directamente a Don Rodrigo y utilizar a Edgar Téllez. De hecho, hice caso omiso a ese llamado por considerarlo otra jugada de Pastrana.

En la reunión de Bucaramanga no se llegó a ningún acuerdo y el paro se recrudeció hasta el día siguiente. Los bloqueos se incrementaron y vi que tendrían un desenlace violento. Sólo había permitido cuatro armas cortas por bloqueo y gente cerca con fusiles. Después me enteré de que habían utilizado más armas de lo que yo había autorizado. Adicionalmente, continuaban las protestas en todo el país. Parecía como si todo el mundo se hubiera puesto de acuerdo con nosotros.

Llamé al comandante Julián y decidí dar reversa al ordenarle que terminara el paro para evitar una tragedia.

Julián comenzó a tramitarlo con los líderes del sur de Bolívar que permanecían escépticos. Le preguntaban ¿qué sucederá con nosotros después? Entonces se les prometió que no se realizaría ningún despeje sin el previo consenso de la población.

Este trabajo se realizó de las dos a las seis de la tarde y todo parecía marchar bien. Llamé al doctor Mario para decirle: “Comuníquele al Canciller que ya los líderes aceptaron desmontar el paro y lo efectuarán de forma gradual”.

Mario Fuentes comunicó el mensaje y horas más tarde expresó preocupado el representante Ordosgoitia: “El Presidente afirma tener información de que la protesta no se ha levantando”. Dígale a Castaño que el Presidente le manda a decir que utilice la fuerza si es necesario y le envía este mensaje textual: “Yo me caigo, pero me caigo con mi Ejército y usted se cae con mi Ejército”.

Esto se complicó-le confesé al doctor Mario.

Hay demasiada resistencia de los líderes a levantar el paro. La gente no se quiere ir. Dígale al Presidente que envíe Ejército a la Lizama; sólo presencia, con eso yo manejo a los líderes y utilizo mi fuerza para levantar la protesta.

Llamé al comandante Julián y le advertí:

“Usted le responde al país, al presidente y a la historia si deja que ese paro continúe. ¡Me levanta eso ya!. Llamé también a los comandantes que controlaban los bloqueos como el de Boyacá y les hablé en el mismo tono. Y aún me decían: “Comandante por qué no miramos…”.

Al final de la noche Ordosgoitia llamó de nuevo: “El Presidente se volvió a comunicar conmigo para decirme que el paro aún no se termina”.

Le respondí que confiara en que esta noche comenzaría a fluir el tráfico y que efectivamente al otro día a las seis de la mañana todo volvería a la normalidad. Así fue.

Hicimos una pausa para servirnos la cuarta taza de café y le pregunté al doctor Mario: ¿Usted renunció definitivamente o volvió a reunirse con el Gobierno?

“¡Volví! Nos reunimos con el Gobierno otra vez, tal cual lo imaginábamos. El tercer encuentro entre el Gobierno y las Autodefensas fue en el apartamento del congresista Luis Carlos Ordosgoitia.

El canciller insistió de nuevo en darle la zona de despeje al ELN y me explicó:

“Esta zona de encuentro será distinta al Caguán. Existirá un reglamento especial que les enviaré para que lo lean. Realizaremos una significativa inversión en la zona y estableceremos veeduría internacional. En este territorio se tendrá otro tipo de manejo, nos prometía”.

Nosotros le insistimos al Gobierno que no desconociera la opinión de la población civil de la zona que estaba decidida a no permitirlo y le revelé el fondo del radicalismo de los habitantes del Sur de Bolívar.

“Quizás usted no sepa esto pero se lo diré para que entienda la inconveniencia del despeje. Los campesinos, con ayuda o sin ayuda nuestra, no permitirán la desmilitarización de la zona porque están en juego sus vidas: El ELN les prestó 3000 millones de pesos para que cultivaran hoja de coca y a cada jefe de hogar le dio cinco millones de pesos. Estamos hablando de cinco mil familias que sembraron sus predios con cultivos ilícitos. La guerrilla esperaba el momento de la cosecha para cobrarles a los campesinos, manejar toda la producción de hoja de coca y recibir las utilidades. Lo que no calculó el ELN fue la derrota militar que le dio la Autodefensa en su histórico territorio para después quitárselo, tomando el control de esas 20 mil hectáreas de coca que los campesinos habían sembrado en el Sur de Bolívar.

Al entrar a la zona, lo primero que hizo la Autodefensa después de expulsar a la guerrilla fue condonarles la deuda a todos los campesinos. El mismo comandante Carlos Castaño les dijo:

“De hoy en adelante ustedes no le deben nada al ELN, y nosotros les vamos a dar la protección para que la guerrilla no tome represalias contra ninguno”.

Desde ese momento les cobramos un impuesto y ahora trabajan más tranquilos en su cultivos que -sobre decirlo- son de supervivencia. Hoy sólo temen el regreso del ELN, gracias a un despeje autorizado por el gobierno, lo que sería servirle la venganza a los guerrilleros. Ajusticiarían a la gente por haber aceptado a la Autodefensa o mejor por ser “traidores a la revolución”.

El Canciller me escuchó y tomó notas sin mostrarse sorprendido, pero yo noté que no conocía a fondo la problemática de la región y que escondía la supuesta intención de paz del ELN al empecinarse en el despeje de esos cuatro municipios rodeados de cultivos ilícitos.

Mientras tanto el Ministro nos informó que su esposa estaba dando a luz: “Debo irme a la clínica pero no se vayan, continuaremos la charla”. Una hora más tarde regresó feliz. Ya era padre de familia, pero su entusiasmo no le dejaba ver y entender lo que yo le había acabado de revelar.

Durante el resto de la tarde enfatizó en la necesidad del despeje y argumentó que el Gobierno protegería la población civil pero -para sorpresa del Ministro- yo tenía orden de manifestarle que la Autodefensa había endurecido su posición y ahora sólo permitiría que se despejaran las cabeceras de dos municipios, para que las AUC asegurara la población y conservara la influencia sobre la gente.

El Canciller me dijo, asombrado:

“Voy a consultarle al presidente”.

Pero nosotros sabíamos que las decisiones las tomaba él mismo, él era el poder detrás del trono. Tal fue la impresión que me generó durante las conversaciones y frente a los hechos que ocurrieron después.

Al término de esta conversación se enfriaron las relaciones nuevamente. No volvimos a tener contacto con el Gobierno y el Comisionado de Paz Camilo Gómez comenzó a dialogar con el ELN. Luego decidieron avanzar hacia el despeje e ignorar abiertamente a la Autodefensa. ¡Craso error!

El canciller creyó que sin nuestro consentimiento se podía llevar a cabo y por nuestra voluntad al diálogo no tomaríamos determinaciones militares para prohibirlo.

Me reúno con el comandante Castaño y le doy mi opinión de lo que venía sucediendo:

“Estas conversaciones no producirán nada. La experiencia del Canciller en la Cámara de Comercio lo ha convertido en un conciliador experto. Yo me considero igual de bueno y en tres reuniones no hemos llegado a nada, por lo que creo me está utilizando a mí y a la Autodefensa. No vale la pena seguir así. Carlos pensó y me dijo:

“Aquí hay que hacer algo. Espere y verá”.

Pocos días después me enteré del secuestro de siete congresistas. Lo llamé y le pregunté:

¿Eso ibas a hacer?

“Sí. Ahora el Gobierno no tiene otra opción que hablar conmigo”.

Un día después de las retenciones apareció de nuevo el Canciller buscando una nueva reunión con la Autodefensa. Los encuentros siempre fueron cordiales de lado y lado. Recuerdo que me dijo: “tiempos sin verlo”. Y yo le contesté:

“Me puede ver cuando quiera, Canciller, en cambio yo a usted, no”. Así comenzó la cuarta reunión entre el Gobierno Pastrana y la Autodefensa.

¿Por qué secuestraron a los parlamentarios? -me preguntó.

Le respondí en tono crítico:

“Ustedes con el ELN hablan cuando les tumban las torres de energía, les vuelan oleoductos o les bloquean carreteras. Sucede lo mismo con las FARC, cuando les destruyen estaciones de policías, matan soldados o secuestran agentes. Pero con nosotros sólo se habla para pedirnos ayuda. Nos hemos convertido en la querida, en la amante que tienen por allá escondida y que sólo visitan cuando la necesitan. Si no hubiéramos efectuado los secuestros no estaríamos hablando”.

Pasaron cinco segundos en los que el Canciller permaneció callado. Creo que pensó que yo tenía razón. Discutimos alternativas para la liberación de los parlamentarios y le di el mensaje de Carlos Castaño: la libertad de los congresistas está condicionada a que se reúna con él un ministro de primera categoría, empezando por el doctor Fernández.